Recopilación de artículos periodísticos con enfoque científico de El Salvador.
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miércoles, 23 de abril de 2014
Libro celebra la vida del Museo de Historia Natural
Es un paraje atípico en el centro de San Salvador. El camino sinuoso, amurallado por la vegetación, termina en un patio donde el sol irrumpe con fuerza. Así es el corazón del trópico.
La casona, que una vez fue habitada por los dueños de una finca, alberga una institución que lucha contra viento y marea por preservar una parte del patrimonio de El Salvador: El Museo de Historia Natural.
El espacio de las exhibiciones es reducido, pero expone 130 años de historia no sólo del patrimonio natural salvadoreño sino de quienes a su paso por sus escritorios y sesiones de campo han colaborado en la tarea de reconocimiento y valoración.
"El Museo de Historia Natural de El Salvador. Su inicio, su evolución y futuro" de la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI) es un libro necesario.
De forma precisa, hace un recuento de las fechas y acontecimientos más importantes en la historia de la conformación de las colecciones del Museo que se remonta a los decretos de 1883 y 1941. Las colecciones de Paleontología, Zoología y Botánica guardan formación indispensable para la toma de decisiones respecto a la conservación y manejo de la biodiversidad, ante el cambio climático, nuevas investigaciones y más.
La colección de Paleontología nació en 1978 y cuenta con 2,438 piezas de fósiles de mamóferos, invertebrados y plantas. La colección de rocas y minerales inició ese mismo año por iniciativa del investigador Stephen Perrigo. Contiene 174 rocas minerales y 346 rocas colectadas en distintas partes del país. La sección de Zoología está subdividida en malacología, aracnología, entomología, ictiología, herpetología, ornitología y mastozoología.
El Museo forma parte del Parque Saburo Hirao, en memoria del empresario japonés quien gestó la donación del terreno (1974) a nombre de la empresa textilera IUSA.
La investigación y expansión de las colecciones originales se detuvo durante la guerra civil (1979-1992) y han sufrido las consecuencias de terremotos e inundaciones. No obstante, entre los logros recientes están la restauración de sus instalaciones (2003) y la construcción de un anexo que alberga al Herbario Nacional, el cual cuenta con especimenes de 270 familias botánicas.
El Museo cuenta, además, con talleres especializados de conservación y restauración, taxidermia, servicios educativos y museografía, educación, museología y Biblioteca Especializada.
La publicación del libro, sin duda, dará un nuevo impulso al trabajo que realiza desde la dirección Eunice Echeverría.
miércoles, 25 de julio de 2012
Fauna y magia: Izalco en el Siglo XVII
CARMEN MOLINA TAMACAS
Publicado en El Diario de Hoy, Sábado, 18 de Agosto de 2007
"Hay alacranes y unos gusanos peludos que con cualquier cosa que su cuerpo toque, emponzoñan y a veces matan y otros que llaman ciento pies, tan malos y tan venenosos como los dichos; grandes culebras y culebras víboras malísimas, y otras sabandijas pestilenciales y muy dañosas de diferentes especies, que espantan con los malos efectos que ellas y con ellas hacen: hay unas que crían un cornezuelo en la cabeza de que los malos usan para sus sucias lujurias de efecto extraño, y para lo mismo hay unos escarabajos muy grandes, los cuernos de los cuales aún son peores y de más mala operación".
También los tacuacines, cocodrilos, cusucos y gatos monteses deben haber dado tremendo susto a los europeos, que por causas políticas o de fe emprendieron viajes a esta región del "nuevo mundo". La carta-relación del oidor de la real audiencia y cancillería de Guatemala, Diego García de Palacio, dirigida a los reyes de España da cuenta de ello.
La suya, fechada el 3 de marzo de 1576, constituye, de acuerdo con el historiador Pedro Escalante Arce, "la primera descripción geográfica, de elementos culturales y del entorno natural" del sector habitado por los pipiles, en el occidente de El Salvador.
Esta carta debió haber sido la fuente de inspiración para la primera imagen de una región concreta de nuestro país difundida en Europa.
"Región de Los Izalcos" se titula este grabado elaborado por Teodoro de Bry, un aventajado discípulo de Alberto Durero (1471-1528), el artista más famoso del Renacimiento alemán.
De Bry nació en Bélgica, en 1528, y murió en Alemania, en 1598. "'Typographo vigilantissimo et solertissimo', se le llama a este artesano en una de sus obras -un tratado de arquitectura romana- que se conserva en la Biblioteca Nacional de Bogotá", según José Gómez, de la Biblioteca Luis Arango, de Colombia.
Su obra más famosa, añade Gómez, es la serie de ilustraciones que confeccionó para la Storia del mondo nuovo (1565), de Girolamo Benzoni, publicada en ediciones sucesivas desde 1594 hasta después de su muerte.
GENIAL BESTIARIO
"El grabado es hermoso en la medida que uno se identifica con él", explica el investigador literario Carlos Cañas Dinarte. Junto con Escalante Arce, decidieron retomar el grabado de De Bry para ilustrar la invitación a las jornadas centroamericanas de historia y ciencias de la tierra, que la Casa de las Academias organizó en junio y julio pasados.
Originalmente, la imagen carece de color. Para enfatizar la belleza y el contraste de sus elementos, los académicos encomendaron una intervención digital al diseñador Ricardo Castellón. Él utilizó los mismos verdes, morados, amarillos y azules que marcan gran parte de la obra de De Bry.
La ampliación plastificada del grabado, que ahora preside la sede de la Academia Salvadoreña de la Historia, revela los detalles de este original "bestiario". "Esta es la representación fantástica de animales medio mitológicos, basado definitivamente en la lectura de la carta-relación de García de Palacio", apuntó Escalante Arce.
En ella, el oidor describió, de manera extensa y en algunos casos, con horror, la fauna que abundaba en estas tierras durante la época colonia, y la relación que los indios tenían con ella. "Otros estragos y daños han hecho en diversas partes de estas provincias que admira; aunque con toda su fiereza hay muchos indios que se echan al agua y chapuzados debajo los atan de pies y manos, y dan cabo a otros indios que quedan en tierra, y así los sacan fuera del agua y los matan (...) Yo conté a uno treinta y cuatro dientes en cada una (andada), sin los colmillos con que atraviesa el hocico superior por dos agujeros que naturaleza le hizo", narra García de Palacio acerca de los temibles caimanes - "que propiamente son los cocodrilos"-, presentes en los esteros de la costa de Ahuachapán.
"Lo veo raro... pero está interesante", dijo el biólogo salvadoreño Ricardo Ibarra al conocer el grabado. Después de identificar las especies allí retratadas y su estado actual (ver recuadro), aunque con un evidente filtro europeo y mitológico, reflexionó que la importancia de la imagen de De Bry y del texto de García de Palacio radica en que "hablan de la fauna original del país, que era más grande y diversa de lo que tenemos en la actualidad pero que fue desapareciendo al ser desplazada por la agricultura" y la expansión urbana. "Es valioso -el dibujo- porque es de lo que menos se conoce en el país", subrayó.
Éste podría ser el punto de partida para realizar investigaciones con biólogos, historiadores, antropólogos y arqueólogos acerca del patrimonio natural precolombino, apuntó.
Descripción del grabado
El grabado de De Bry muestra parte de la fauna y flora nativa de El Salvador. 6) Felinos: Los dibujó como guepardos. Nuestro jaguar se extinguió en los años 50.4) Indígenas desnudos: El ideario del "buen salvaje" armónico con el ambiente.10) Oso hormiguero: Es conocido también como oso colmenero. Está en peligro.7) Cocodrilos: Especie propia de aguas salobres está en peligro de extinción.11) Masacuatas: Es la más grande del país. Vive en ambientes húmedos. 5) Unicornio: No existen pero en el contexto mágico de De Bry, lo vio posible.1) Rancho: Representación errónea de las casas de los indígenas del occidente.3) Río: Podría ser el retrato del río Lempa, el Michatoya o incluso el Paz.14) Alacrán: Hay de diversos tamaños y pueden ser muy venenosos. 12) Puma o cotuza: Es muy difícil identificar qué tipo de animal es por el dibujo.8) Iguanas: Es una especie nativa -comestible- que se encuentra amenazada. 13) Tacuacín: Pese a la cara, representa tacuacín corriente, nocturno.9) Cusucos: Amenazados por la depredación. Existe desde la prehistoria.2) Volcanes: A la europea. En 1576 hizo erupción el Volcán de Santa Ana.
viernes, 13 de julio de 2012
Archivo General de la Nación de El Salvador en riesgo
Boletín para difusión inmediata:
CARTA ABIERTA A LA OPINIÓN PÚBLICA SALVADOREÑA
Una amenaza pende sobre el Archivo General de la Nación (AGN): la Señora
Secretaria de Cultura ha dado orden irrevocable de desocupar la mitad del espacio en
que funciona el AGN, en la primera planta del Palacio Nacional, sin destinarle otro
espacio para continuar funcionando, con lo cual pone en grave peligro el patrimonio
cultural albergado en el AGN y el edificio del Palacio Nacional.
La actual Secretaria de Cultura, Magdalena de Granadino, tiene entre sus proyectos
uno que implica reavivar la ciudad de San Salvador culturalmente hablando, llamado
“Viva el Centro”. Este proyecto tiene dos grandes problemas: el primero, que quiere
inaugurarlo en la primera semana de agosto, en el marco de las fiestas agostinas, o
sea en menos de un mes; y el segundo, que quiere hacerlo en un espacio desde hace
más de 40 años ocupado por el Archivo General de la Nación, que dicho sea de paso,
es también una instancia de la Secretaría de Cultura, bajo la Dirección Nacional de
Investigaciones en Cultura y Arte (DNI).
Por la premura con que se quiere inaugurar el proyecto, al AGN no se le han
solicitado informes técnicos sobre la factibilidad de la reducción de los espacios
ocupados por el archivo. Tampoco sabemos si la Dirección de Patrimonio Cultural ha
planteado que se trata de una edificación declarada Patrimonio Cultural del país, y
que por tanto su uso se rige bajo ciertas normas.
Sin diálogo previo y sin ninguna advertencia, la dirección del AGN recibió la primera
semana de julio la orden de desalojar el 50% del espacio que ocupa y de reducir su
funcionamiento a la otra mitad de la primera planta del Palacio Nacional.
Cumplir dicha orden significaría acumular la documentación histórica del país en
espacios no adecuados, y con ello poner en riesgo el patrimonio documental
salvadoreño, contraviniendo la Ley Especial de Protección al Patrimonio Cultural; y la
salud de los empleados y las empleadas, ya que trabajar dentro de los depósitos
documentales saturados o en sótanos implica estar en condiciones de poca
luminosidad y en espacios de limitada circulación del aire, con ello se estaría violando el reglamento de relaciones laborales del órgano Ejecutivo, inciso cuatro, que, sobre
las condiciones de trabajo, señala que debe evitarse el sobreesfuerzo y hacinamiento.
También implicaría deshacer el trabajo de catalogación que se viene realizando desde
2011 y cerrar o limitar el servicio al público, con lo que se obstaculizaría la
investigación histórica de El Salvador indefinidamente. Esta situación pondría al
AGN en condiciones de incumplimiento a la Ley de Acceso a la Información, que
obliga, en su Capítulo IV, a todas las instituciones púbicas a mantener los archivos
organizados y a garantizar el acceso de la ciudadanía a la documentación.
Finalmente, el Archivo General de la Nación no podría seguir siendo el depositario de
la documentación histórica que transfieren regularmente las demás instancias del
Estado, ¿a dónde irá a parar esa valiosa documentación?, ¿quién se encargará de
conservarla, organizarla y catalogarla?, ¿de qué manera el público, profesional de las
Ciencias Sociales, podrá consultarla para explicar la historia de nuestro país?
Los empleados y empleadas del AGN hacemos un llamado a los profesionales de la
historia y de las Ciencias Sociales, a las Universidades, así como a la ciudadanía en
general a defender el funcionamiento del Archivo General de la Nación y a exigir que
se garantice la preservación de una joya arquitectónica de principios de siglo XX como
es el Palacio Nacional.
lunes, 28 de marzo de 2011
Aves de papel
Por Carmen Molina Tamacas
Uno de los retos de los periodistas científicos –de los periodistas, en general- es saber escuchar.
Y leer, preguntar, buscar, preguntar, comparar, entender, decodificar, volver a preguntar… y transmitir.
Tal vez así podríamos cumplir con la misión de educar y generar opinión en la población ávida de conocimiento.
Los científicos elaboran hipótesis, recopilan evidencias, discuten y publican. Pero eso no basta: deben hacer el esfuerzo por olvidarse de la jerga académica, para lograr que su semilla de conocimiento germine en tierras fértiles.
Los científicos necesitan de los periodistas, y los periodistas de los científicos. Y ambos paciencia. Los unos para explicar, una y otra vez si es necesario tal o cual antecedente, proceso o consecuencia, y los otros para captar la esencia de esas ideas. Y ambos, además, perder el miedo a la polémica, maravillándose ante los resultados: el conocimiento.
La Revista Dominical de La Prensa Gráfica fue una de esas parcelas, aisladas de la escorrentía del ocio y la banalidad. Duró demasiado para lo que duran las revistas en El Salvador (¡50 años!) y lo que comenzó siendo una recopilación de consejos de belleza para amas de casa, se convirtió en un depositario del conocimiento producido en El Salvador.
A finales de los años 90 y en el inicio de la presente década, fueron publicados diversos artículos enfocados en la biodiversidad del país, de sus esfuerzos por conocerla, inventariarla y protegerla.
Como equipo periodístico, nos nutrimos de varios componentes. En primer lugar, la curiosidad. Ay del periodista que piensa que lo sabe y lo entiende todo. Sin curiosidad, ese gusanito que nos permite maravillarnos y conmovernos ante una lluvia de meteoritos, atender con solemnidad un rito religioso o contemplar un nido de polluelos, estamos perdidos. Y muchos lo están. Por eso –muchos- son incapaces
de ver a la ciencia como lo que es: una fuente inagotable no sólo de conocimiento personal, sino colectivo. Es la bitácora donde registramos, a prueba y error, los esfuerzos humanos por entender lo que nos rodea.
Luego, la confianza mutua. Los científicos (¿por naturaleza?) son desconfiados y lastimosamente muchos prefieren que su investigación quede en el anonimato a tomarse el tiempo y escribir un artículo en lenguaje accesible para la mayoría de la población, donde expliquen los alcances de su trabajo. Ahora, Internet ofrece infinidad de posibilidades para difundir información a muy bajo costo, pero esa tarea requiere, ante todo, constancia y disciplina. Otros le huyen a colaborar en una conversación franca con un periodista, les cuesta dejar de lado los nervios y, especialmente, la arrogancia. Así, una investigación de años, quedará para comida de las polillas.
También se da el caso de los científico que proveen una gran cantidad de información y el periodista no es capaz de descifrarla e interpretarla, por lo cual termina naufragando en ella. En ambos casos, la comunicación falló, y el mayor perjudicado fue el público, que se quedó sin conocer información valiosa, que pudo haberle ayudado a tomar conciencia respecto a la protección de nuestro entorno natural.
En esa época de Revista Dominical, por fortuna (para los científicos, para nosotros, para los lectores) tuvimos acceso a fuentes de información privilegiada y de primer orden, como estudios en ciernes, diversos trabajos de campo, documentos y
discusiones académicas.
La apertura editorial fue otro factor determinante, ya que en ese momento todas las coberturas sobre la conservación del ambiente, entre ellos muchos relacionados con la avifauna, fueron apoyados, con el objetivo de llevar de la mano a los lectores por las veredas, guiándolos hacia el bosque y acurrucarlos quedamente para contemplar al ejemplar de una especie en peligro de extinción. Los periodistas deben ser hábiles no sólo para traducir un texto académico hacia un lenguaje más accesible para los lectores, sino que deben convencer a sus editores de que el tema en verdad vale la pena. Cualquier investigación científica sobre el patrimonio natural local vale la pena –hasta la más descabellada para los burócratas de turno.
Concebir un enfoque, reportear, contrastar, complementar, escribir, corregir y difundir, es el reto.
Nada hubiéramos sido en esa época, sin el excelente trabajo de fotoperiodistas dispuestos a llenarse de lodo, mozotes y pulgas, para capturar una escena de la naturaleza para la posteridad. Félix Amaya ha acumulado muchos años de experiencia y es capaz de resumir con una imagen todo un tratado enciclopédico.
¿Cómo he visto la respuesta de la gente hacia la temática de las aves? Es una pregunta que no puedo contestar. Desde mi perspectiva como periodista, la Revista Dominical proveyó contenidos enfocados hacia el conocimiento de nuestro patrimonio natural y la hazaña que implica documentarlo, conocerlo, inventariarlo y protegerlo. Muchos de esos artículos están disponibles en Internet pero han naufragado en el olvido. La web 2.0, que potencia la interactividad con los lectores y la retroalimentación podría ser la vitrina idónea para que cada vez más personas, especialmente los estudiantes, accedan a ellos, los comenten, critiquen y desafíen... los superen. Sólo así podrá generarse más conocimiento, lo cual nos beneficia a todos.
A continuación se presenta una recopilación de algunas de esas publicaciones, en las que figuran como protagonistas no sólo aves y pájaros (desde el tímido Quetzal de Montecristo hasta el imponente Rey Zope del Zoológico Nacional, pasando por los patos migratorios de El Jocotal y las polémicas garzas de Ostúa -polémicas porque los burócratas de turno soslayaron un informe técnico que recomendaba la protección de un área de anidación bajo el criterio de que son una "plaga"-) sino de las personas que han dedicado tiempo, esfuerzo y sacrificios para lo que aquí más nos importa: nuestro país, nuestra historia.
Un saltarín cabecirrojo en El Salvador
Por Juan Marco Álvarez
Las Aves del Bosque Nebuloso
Por Verónica Vásquez
El escurridizo quetzal
Por Fabricio Pérez
Con la mirada en El Imposible
Por Tomás Guevara
Los pericos de la suerte
Por Tomás Guevara
Aves de presa de El Imposible
Por Maite Lorente, Fotos: WhiteHawk
Torogoz, ¿ave nacional?
Por Morena Azucena
Nuestras 17 aves
Por Fabricio Pérez y Morena Azucena
El Jocotal
Revista Dominical
Quetzal, ave amenazada
Por Morena Azucena
Las aves de El Salvador
Por Morena Azucena
Un monarca carroñero
Por Tomás Guevara
Rey Zope
Temporada de patos
Por Carmen Molina Tamacas y Morena Azucena
Amenazas contra la biodiversidad
Investigaciones del ayer
Más de 170 mil patos
¿Menos licencias y más caza ilegal?
Árboles de garzas infinitas
Por Carmen Molina Tamacas
Manjar para depredadores
Uno de los retos de los periodistas científicos –de los periodistas, en general- es saber escuchar.
Y leer, preguntar, buscar, preguntar, comparar, entender, decodificar, volver a preguntar… y transmitir.
Tal vez así podríamos cumplir con la misión de educar y generar opinión en la población ávida de conocimiento.
Los científicos elaboran hipótesis, recopilan evidencias, discuten y publican. Pero eso no basta: deben hacer el esfuerzo por olvidarse de la jerga académica, para lograr que su semilla de conocimiento germine en tierras fértiles.
Los científicos necesitan de los periodistas, y los periodistas de los científicos. Y ambos paciencia. Los unos para explicar, una y otra vez si es necesario tal o cual antecedente, proceso o consecuencia, y los otros para captar la esencia de esas ideas. Y ambos, además, perder el miedo a la polémica, maravillándose ante los resultados: el conocimiento.
La Revista Dominical de La Prensa Gráfica fue una de esas parcelas, aisladas de la escorrentía del ocio y la banalidad. Duró demasiado para lo que duran las revistas en El Salvador (¡50 años!) y lo que comenzó siendo una recopilación de consejos de belleza para amas de casa, se convirtió en un depositario del conocimiento producido en El Salvador.
A finales de los años 90 y en el inicio de la presente década, fueron publicados diversos artículos enfocados en la biodiversidad del país, de sus esfuerzos por conocerla, inventariarla y protegerla.
Como equipo periodístico, nos nutrimos de varios componentes. En primer lugar, la curiosidad. Ay del periodista que piensa que lo sabe y lo entiende todo. Sin curiosidad, ese gusanito que nos permite maravillarnos y conmovernos ante una lluvia de meteoritos, atender con solemnidad un rito religioso o contemplar un nido de polluelos, estamos perdidos. Y muchos lo están. Por eso –muchos- son incapaces
de ver a la ciencia como lo que es: una fuente inagotable no sólo de conocimiento personal, sino colectivo. Es la bitácora donde registramos, a prueba y error, los esfuerzos humanos por entender lo que nos rodea.
Luego, la confianza mutua. Los científicos (¿por naturaleza?) son desconfiados y lastimosamente muchos prefieren que su investigación quede en el anonimato a tomarse el tiempo y escribir un artículo en lenguaje accesible para la mayoría de la población, donde expliquen los alcances de su trabajo. Ahora, Internet ofrece infinidad de posibilidades para difundir información a muy bajo costo, pero esa tarea requiere, ante todo, constancia y disciplina. Otros le huyen a colaborar en una conversación franca con un periodista, les cuesta dejar de lado los nervios y, especialmente, la arrogancia. Así, una investigación de años, quedará para comida de las polillas.
También se da el caso de los científico que proveen una gran cantidad de información y el periodista no es capaz de descifrarla e interpretarla, por lo cual termina naufragando en ella. En ambos casos, la comunicación falló, y el mayor perjudicado fue el público, que se quedó sin conocer información valiosa, que pudo haberle ayudado a tomar conciencia respecto a la protección de nuestro entorno natural.
En esa época de Revista Dominical, por fortuna (para los científicos, para nosotros, para los lectores) tuvimos acceso a fuentes de información privilegiada y de primer orden, como estudios en ciernes, diversos trabajos de campo, documentos y
discusiones académicas.
La apertura editorial fue otro factor determinante, ya que en ese momento todas las coberturas sobre la conservación del ambiente, entre ellos muchos relacionados con la avifauna, fueron apoyados, con el objetivo de llevar de la mano a los lectores por las veredas, guiándolos hacia el bosque y acurrucarlos quedamente para contemplar al ejemplar de una especie en peligro de extinción. Los periodistas deben ser hábiles no sólo para traducir un texto académico hacia un lenguaje más accesible para los lectores, sino que deben convencer a sus editores de que el tema en verdad vale la pena. Cualquier investigación científica sobre el patrimonio natural local vale la pena –hasta la más descabellada para los burócratas de turno.
Concebir un enfoque, reportear, contrastar, complementar, escribir, corregir y difundir, es el reto.
Nada hubiéramos sido en esa época, sin el excelente trabajo de fotoperiodistas dispuestos a llenarse de lodo, mozotes y pulgas, para capturar una escena de la naturaleza para la posteridad. Félix Amaya ha acumulado muchos años de experiencia y es capaz de resumir con una imagen todo un tratado enciclopédico.
¿Cómo he visto la respuesta de la gente hacia la temática de las aves? Es una pregunta que no puedo contestar. Desde mi perspectiva como periodista, la Revista Dominical proveyó contenidos enfocados hacia el conocimiento de nuestro patrimonio natural y la hazaña que implica documentarlo, conocerlo, inventariarlo y protegerlo. Muchos de esos artículos están disponibles en Internet pero han naufragado en el olvido. La web 2.0, que potencia la interactividad con los lectores y la retroalimentación podría ser la vitrina idónea para que cada vez más personas, especialmente los estudiantes, accedan a ellos, los comenten, critiquen y desafíen... los superen. Sólo así podrá generarse más conocimiento, lo cual nos beneficia a todos.
A continuación se presenta una recopilación de algunas de esas publicaciones, en las que figuran como protagonistas no sólo aves y pájaros (desde el tímido Quetzal de Montecristo hasta el imponente Rey Zope del Zoológico Nacional, pasando por los patos migratorios de El Jocotal y las polémicas garzas de Ostúa -polémicas porque los burócratas de turno soslayaron un informe técnico que recomendaba la protección de un área de anidación bajo el criterio de que son una "plaga"-) sino de las personas que han dedicado tiempo, esfuerzo y sacrificios para lo que aquí más nos importa: nuestro país, nuestra historia.
Un saltarín cabecirrojo en El Salvador
Por Juan Marco Álvarez
Las Aves del Bosque Nebuloso
Por Verónica Vásquez
El escurridizo quetzal
Por Fabricio Pérez
Con la mirada en El Imposible
Por Tomás Guevara
Los pericos de la suerte
Por Tomás Guevara
Aves de presa de El Imposible
Por Maite Lorente, Fotos: WhiteHawk
Torogoz, ¿ave nacional?
Por Morena Azucena
Nuestras 17 aves
Por Fabricio Pérez y Morena Azucena
El Jocotal
Revista Dominical
Quetzal, ave amenazada
Por Morena Azucena
Las aves de El Salvador
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Un monarca carroñero
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Rey Zope
Temporada de patos
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Investigaciones del ayer
Más de 170 mil patos
¿Menos licencias y más caza ilegal?
Árboles de garzas infinitas
Por Carmen Molina Tamacas
Manjar para depredadores
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El Salvador,
ornitologia/naturaleza,
periodismo cientifico
Científico salvadoreño aporta al descubrimiento de una nueva especie

Dibujo del Tiarajudens eccentricus
CARMEN MOLINA TAMACAS
Viernes, 25 de Marzo de 2011
www.elsalvador.com
La prestigiosa revista científica Science publicó el 25 de marzo un artículo que abona al estudio de la fauna prehistórica, el cual tiene aportes del científico salvadoreño Juan Carlos Cisneros.
El descubrimiento ha sido titulado "Descubierto un vertebrado herbívoro de más de 260 millones de años, con dientes de sable y evidencias de masticación".
La publicación detalla la importancia de esta nueva especie para la ciencia, que será llamada Tiarajudens eccentricus; esto significa "diente excéntrico de Tiarajú" (la localidad en Río Grande do Sul donde fue descubierto).
Cisneros (biólogo y paleontólogo), quien labora en el Centro de Ciencias de la Naturaleza de la Universidad Federal de Piauí, formó equipo con Fernando Abdalá, Bruce S. Rubidge, Paula Camboim Dentzien-Dias y Ana de Oliveira Bueno, de las universidades Federal de Río Grande do Sul (UFGRGS), y de Witwatersrand (Sudáfrica), de acuerdo con un informe de divulgación.
El Tiarajudens eccentricus es un terápsido (antiguo linaje de los vertebrados que dieron origen a los mamíferos) y vivió en el Período Permiano de la Era Paleozoica, es decir, por lo menos 260 millones de años atrás.
"Fue una suerte haberla encontrado. Estos dientes no los tiene ningún animal conocido. Eso nos permitió asegurarnos de que se trataba de una especie nueva", declaró Cisneros a la BBC.
El animal, explican los expertos, tiene el tamaño de un tapir y entre sus rasgos más curiosos destaca la presencia de dientes alargados, similares a los de un "capivara".
"Es el registro más antiguo de un herbívoro con dientes de sable", afirman. Otros animales extintos ya presentaban este tipo de dientes, pero se sabía que eran carnívoros; uno herbívoro constituye una rareza.
"El contacto diente-diente (oclusión dental o masticación) representa un gran avance que permitió el procesamiento de la comida dentro de la boca", añade el reporte.
Cisneros trabajó a principios de la década pasada en el Museo de Historia Natural de El Salvador; ha publicado artículos académicos sobre los fósiles del Río Tomayate (Apopa).
El descubrimiento ha tenido eco en decenas de medios internacionales, como The New York Times, Discovery, National Geographic entre otros.
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domingo, 22 de julio de 2007
Quijotes
La Jolla, California. El 4º. Taller Jack Ealy de Periodismo Científico no es una Torre de Babel. Es un lugar para que los interesados en aprender y difundir el quehacer de la ciencia en Iberoamérica encuentren un abrevadero común.
Hemos caminado entre súper computadoras. Nos han explicado por qué es tan importante comprender a las abejas para evitar una crisis agrícola y alimenticia. Escuchamos hacia dónde se dirigen las nuevas tecnologías de la información y cómo se avanza para producir biocombustibles que ayuden a reducir la dependencia del petróleo e, incluso. Se nos ha aplicado el refuerzo de la vacuna de la ética. En síntesis, nos han reinyectado ganas de hacer periodismo.
Mientras desfilan ante nosotros expertos internacionales en temas tan diversos, recorro mentalmente la brecha, abierta con uñas y dientes, por los científicos salvadoreños.
Pienso en Eunice Echeverría y su añorado herbario para el Museo de Historia Natural y en Leiman Lara, tan comprometido por la difusión de la botánica que ha pagado de su propio bolsillo la publicación de dos libros.
Silenciosa está Leticia Escobar y sus fórmulas químicas para poner manos a la obra en la restauración de edificios, cerámica prehispánica… arte. Alegres y preocupadas por las tortugas siguen Enriqueta Ramírez y Celina Dueñas; activos los físicos de la UES convertidos en guardianes de los volcanes; inspirador el trabajo de Ramón Rivas -biógrafo de Ilobasco- y revitalizado Pedro Escalante Arce, protector de Ciudad Vieja.
Imposible olvidar los conteos de patos migratorios con Wilfredo Rodríguez, Roberto Rivera, Ricardo Ibarra y Néstor Herrera y, mucho menos, los desvelos descifrando constelaciones con Jorge Colorado y Leonel Hernández, de la Asociación de Astronomía.
El conocimiento sobre nuestra cultura no sería el mismo sin Alejandro Dagoberto Marroquín, Carlos y Rafael Lara Martínez, Concepción Clará de Guevara y Raymundo Calderón.
Qué sería de la historia del añil sin lo que –por años- ha investigado Lorenzo Amaya y de la paleontología sin Juan Carlos Cisneros…
No tendríamos idea de los cambios en la familia provocados por la migración sin las amenas reiteraciones que hace Amparo Marroquín, ni tuviéramos acceso a la obra de Francisco Gaviria y Montessus de Ballore sin la devota “hemerotecología” de Carlos Cañas Dinarte. Nuestro folclor le debe tanto a María de Baratta y a Gloria de Rodríguez como la vulcanología a Dina Larios y Carlos Pullinger y la museografía a Leo Regalado, Oscar Batres, Milton Doño, Georgina Hernández y Carlos Consalvi.
La Lista de Aves de El Salvador es posible por el trabajo compilatorio de Oliver Komar y Juan Pablo Domínguez.
Seguiríamos presas de la ignorancia si extranjeros como Stanley Bogas, Payson Sheets, Robert Sharer, Paul Amaroli, William Fowler y Karen Burhns no hubieran trabajado a conciencia sobre nuestro pasado prehispánico. Sin sus libros –incluso sin sus controversias-, la nueva generación de arqueólogos a la que pertenecen Claudia Ramírez, Marlon Escamilla, José Erquicia, Fabricio Valdivieso, Roberto Gallardo y Federico Paredes la tendría muy difícil.
El papel y la memoria me traicionan como para mencionar a todos los pioneros y los vanguardistas de la ciencia en El Salvador. Pero sí puedo decir que tienen en común que nadaron contra la corriente… y no se dieron por vencidos.
(Artículo publicado en El Diario de Hoy, julio de 2007)
Hemos caminado entre súper computadoras. Nos han explicado por qué es tan importante comprender a las abejas para evitar una crisis agrícola y alimenticia. Escuchamos hacia dónde se dirigen las nuevas tecnologías de la información y cómo se avanza para producir biocombustibles que ayuden a reducir la dependencia del petróleo e, incluso. Se nos ha aplicado el refuerzo de la vacuna de la ética. En síntesis, nos han reinyectado ganas de hacer periodismo.
Mientras desfilan ante nosotros expertos internacionales en temas tan diversos, recorro mentalmente la brecha, abierta con uñas y dientes, por los científicos salvadoreños.
Pienso en Eunice Echeverría y su añorado herbario para el Museo de Historia Natural y en Leiman Lara, tan comprometido por la difusión de la botánica que ha pagado de su propio bolsillo la publicación de dos libros.
Silenciosa está Leticia Escobar y sus fórmulas químicas para poner manos a la obra en la restauración de edificios, cerámica prehispánica… arte. Alegres y preocupadas por las tortugas siguen Enriqueta Ramírez y Celina Dueñas; activos los físicos de la UES convertidos en guardianes de los volcanes; inspirador el trabajo de Ramón Rivas -biógrafo de Ilobasco- y revitalizado Pedro Escalante Arce, protector de Ciudad Vieja.
Imposible olvidar los conteos de patos migratorios con Wilfredo Rodríguez, Roberto Rivera, Ricardo Ibarra y Néstor Herrera y, mucho menos, los desvelos descifrando constelaciones con Jorge Colorado y Leonel Hernández, de la Asociación de Astronomía.
El conocimiento sobre nuestra cultura no sería el mismo sin Alejandro Dagoberto Marroquín, Carlos y Rafael Lara Martínez, Concepción Clará de Guevara y Raymundo Calderón.
Qué sería de la historia del añil sin lo que –por años- ha investigado Lorenzo Amaya y de la paleontología sin Juan Carlos Cisneros…
No tendríamos idea de los cambios en la familia provocados por la migración sin las amenas reiteraciones que hace Amparo Marroquín, ni tuviéramos acceso a la obra de Francisco Gaviria y Montessus de Ballore sin la devota “hemerotecología” de Carlos Cañas Dinarte. Nuestro folclor le debe tanto a María de Baratta y a Gloria de Rodríguez como la vulcanología a Dina Larios y Carlos Pullinger y la museografía a Leo Regalado, Oscar Batres, Milton Doño, Georgina Hernández y Carlos Consalvi.
La Lista de Aves de El Salvador es posible por el trabajo compilatorio de Oliver Komar y Juan Pablo Domínguez.
Seguiríamos presas de la ignorancia si extranjeros como Stanley Bogas, Payson Sheets, Robert Sharer, Paul Amaroli, William Fowler y Karen Burhns no hubieran trabajado a conciencia sobre nuestro pasado prehispánico. Sin sus libros –incluso sin sus controversias-, la nueva generación de arqueólogos a la que pertenecen Claudia Ramírez, Marlon Escamilla, José Erquicia, Fabricio Valdivieso, Roberto Gallardo y Federico Paredes la tendría muy difícil.
El papel y la memoria me traicionan como para mencionar a todos los pioneros y los vanguardistas de la ciencia en El Salvador. Pero sí puedo decir que tienen en común que nadaron contra la corriente… y no se dieron por vencidos.
(Artículo publicado en El Diario de Hoy, julio de 2007)
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