domingo, 5 de agosto de 2007

Río Tomayate: cementerio de animales prehistóricos de Apopa

Apopa es una ciudad que ha crecido a fuerza de alojar muchas fábricas y tener como principal acceso la Carretera Troncal del Norte, vía que de San Salvador conduce a "El Poy", la frontera con Honduras. Para llegar allí es indispensable luchar durante 12 kilómetros con el tráfico de los furgones repletos de mercadería y los autobuses interdepartamentales que viajan hacia el norte del país. El respiro de alivio ocurre al divisar una gasolinera -a la izquierda- que sirve como punto de referencia para ubicar la entrada a este municipio de 400 mil habitantes. Esa estación de combustible sirvió como punto de encuentro en abril del año pasado cuando emprendimos la búsqueda de una barranca que había guardado un secreto durante varios miles de años.
La calle que serpentea los contornos del cementerio municipal nos condujo hacia una empinada y empedrada pendiente, donde nos aguardaba don Teófilo Reyes Chavarría, un humilde albañil de 40 años que vive con su familia en una pequeña vivienda de lámina. En un depósito de plástico rosado y envueltos en bolsas y papel periódico reposaban fragmentos de osamenta, un molar del tamaño de una mano humana y una porción de algo que parecía un colmillo gigante. "Yo les decía a los cipotes que tenía los huesos de un dinosaurio y cuando se los enseñé me creyeron", comentó entre risas. El director del Museo de Historia Natural, Daniel Aguilar no puso atención a la broma. Absorto primero y eufórico después, aseguró que los huesos no pertenecían a un dinosaurio, sino de un mastodonte, un animal más grande que un elefante asiático, que vivió en nuestras tierras hace aproximadamente tres millones de años. Además de Aguilar, la primera inspección oficial incluyó al arqueólogo Fabricio Valdivieso, al director de Comunicaciones del Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (Concultura), el biólogo Ricardo Ibarra, un colega fotoperiodista y yo. Ninguno contaba con que tendríamos que descender hacia un barranco de unos siete metros insertando las botas entre las raíces de un árbol de amate con el auxilio de un lazo viejo para llegar hasta la ribera de uno de los ríos más contaminados del Gran San Salvador: el Tomayate. El manto lechoso avanza arrastrando las aguas negras y los desperdicios de casi todas las comunidades ubicadas en los contornos de la Troncal del Norte. Pero el interés científico y periodístico por conocer el sitio exacto en el que don Teófilo encontró los restos fosilizados del mastodonte privó sobre el riesgo y la insalubridad. Así, bajamos uno por uno hacia el pequeño margen de unos cuantos metros donde no cabía alguien además de los presentes. Con algunos instrumentos en mano, Aguilar escarbó levemente en uno de los paredones que sirven de margen al caudal del río y descubrió más huesos fosilizados. Un gran cementerio prehistórico
Increíble pero cierto: los "huesitos" que guardaba don Teófilo eran una pequeña muestra de lo que existe en este lugar. Decenas de salientes en medio de la tierra y de enredadas raíces de los árboles -visibles sólo para los ojos de un científico como Aguilar- revelaron que el lugar es un gran cementerio de grandes animales prehistóricos. El mismo día, Aguilar informó a los titulares de Concultura que era necesario hacer excavaciones en el lugar. Mientras, yo me encargué de redactar un reportaje especial: El 1º. de abril de 2001 -apenas dos meses después de que gran parte del país fue dañado por dos terremotos- se convirtió en la fecha oficial del descubrimiento del yacimiento de fósiles más grande y diverso de Centroamérica. La curiosa noticia fue retomada por casi todos los medios de comunicación, nacionales e internacionales como en prensa escrita, televisión e Internet. Una cucharada de ciencia y conocimiento para la población entre la apretada agenda periodística saturada de crónicas policiales, judiciales y políticas.

Nota complementaria
Hablemos sobre fósiles
El Salvador es parte de un territorio que terminó de emerger del mar hace unos dos o tres millones de años, para convertirse en un "puente" entre el norte y el sur de América. Ocurrió entonces un fenómeno de gran interés para los científicos que estudian la historia de la vida en nuestro planeta: muchos animales del sur de emigraron hacia el norte, utilizando nuestros territorios como puente… y viceversa. Muchos hicieron de lo que más tarde se convertiría en Centroamérica su hogar. Ese "Gran intercambio" fue decisivo para el desarrollo de la futura biodiversidad de la región, ya que sólo los animales que se adaptaron al nuevo medio sobrevivieron. Por eso, ningún salvadoreño o centroamericano debería extrañarse de que el subsuelo albergue esos secretos. El problema es que no ha habido interés de los sucesivos gobiernos para financiar estudios que nos los revelen. Los pocos documentos que existen en El Salvador respecto a los yacimientos de fósiles fueron dejados por particulares que los estudiaron -algunos empíricamente, otros científicamente- en diferentes momentos desde finales del siglo XIX. Antes del importante descubrimiento en las riberas del río Tomayate sólo se había registrado algunos eventos de la misma naturaleza: Los naturalistas David J. Guzmán, Jorge Lardé y su hijo Jorge Lardé y Larín notificaron la existencia de varios yacimientos de fósiles pero no los investigaron de manera formal. No obstante, entre 1941 y 1942, una expedición de científicos de la Universidad de California en Berkeley realizó un estudio geológico de El Salvador auspiciado por The Geological Society of America. R.A. Stirton y William K. Gealy reportaron numerosos lugares con fósiles, entre los cuales destaca El Hormiguero -en San Miguel- donde fueron encontrados restos de animales del período Pleistoceno Tardío. En 1958, el académico Tomás Fidias Jiménez, jefe del Departamento de Excavaciones Arqueológicas del gobierno, presentó ante el 33º. Congreso Internacional de Americanistas, el resultado de su investigación sobre el hallazgo de un mastodonte en "Las Víboras", San Vicente. Stephen Perrigo y David Webb realizaron otro estudio acerca de la fauna vertebrada del período Cenozoico Tardío en Honduras y El Salvador, mientras el primero colaboraba en el Museo de Historia Natural de El Salvador como parte de la delegación de los Cuerpos de Paz de Estados Unidos. Los demás países de la región han corrido la misma suerte: descubrimientos accidentales y poca investigación. Sin embargo, el Gobierno de El Salvador tomó cartas en el asunto y armó un equipo de especialistas para rescatar los fósiles: paleontólogos, restauradores, arqueólogos y personal del Museo Nacional de Antropología "David J. Guzmán" y del Museo de Historia Natural. Entre los ayudantes se encontraba don Teófilo -quien descubrió los fósiles- y su hermano Francisco.

Artículo publicado en la revista electrónica Queondas.com en 2004 http://www.queondas.com/aqui_estamos/reportajes/tomayate1.htm